9 de novembre de 2014

K-M

https://www.flickr.com/photos/virginiawonka
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Lo extraño de ese verano fue que te acercaras a la barra mientras limpiaba los vasos de cerveza, y que te presentaras cogiéndome la mano y besándomela mientras te brillaban los ojos. No podía esconder la media sonrisa que se me dibujaba en la cara. Llevabas días viniendo a desayunar con ese tío tan raro, y yo, incrédula de mi, pensaba que aun no te habías fijado en mi. Obviamente tuviste que repetirme tu nombre, pues nunca lo había oído y se me hizo tan raro pronunciarlo que nunca me convencí que lo decía al son que te enloquecía...
Estuve todo el día pensando en ti y en si volverías; supuse que si, pues aunque no hablábamos el mismo idioma nos entendimos perfectamente desde el primer momento. Y fue entonces que volviste a la noche, y nos presentaron como compañeros de trabajo para los fines de semana, así que entre cafés, copas y risas nos íbamos conociendo, y cada martes venías por la noche a buscarme, para pasear, y aunque yo estaba muy cansada, nunca te decía que no, porque entre otras cosas, nunca supe decírtelo. Y entre sábados, domingos y martes, me encontré contigo en la playa, bajo las mismas estrellas, sentados uno frente al otro en el muro que separaba la arena del paseo. Mi suerte fue que tú lo tenías todo completamente planeado, y no me traías a la playa porque si, ni me cogías de las manos por amistad. Así que poco a poco nos fuimos acercando. Pasaste tu mano derecha por mi muslo izquierdo, y empezaste a subirla hasta encontrar mi cintura, y no tuve otra opción que acercarme, y subir mis piernas encima las tuyas. Nos miramos, y sin decir palabra, juntamos nuestros labios.

No puedes negar, que ganas no te faltaban, y yo, sinceramente, por mucho que quisiera aparentar que si, era imposible que no notaras las ganas que te tenía. Me apretabas con los brazos, y cada vez te juntabas más a mi. Parecía imposible que dejaras de abrazarme, pues me agarraste tan fuerte, que al principio me asusté, pero comprendí que lo que no querías era que el aire se filtrara entre nosotros y fuera eso lo que nos separara.

Pusiste una mano en mi espalda y otra en mi culo, y te levantaste al tiempo que me decías "vem comigo para praia". Entendí lo qué querías, y asentí con la cabeza, mordiéndome el labio inferior y acariciándote el pelo, empezaste a andar, conmigo en tus brazos, sin intención alguna de soltarme o dejarme caer en la arena de la playa. Nos tumbamos, uno al lado del otro, mirándonos fijamente, sonriendo como tontos. Tus manos no se estaban quietas, acariciándome el vientre, desabrochando apresuradamente el botón de mi pantalón, para acabar encima mi pubis, y jugar con tus dedos por debajo de mis braguitas.

No tardé en bajar mi mano, de tu pecho a tu polla, dura, suave y tersa. Jugué con ella, pasando cada dedo de mi mano, desde la base hasta la punta, noté esa vena tan hinchada, que no pude evitar ponerme encima tuyo. Te mordí el cuello, te bajé el pantalón, me desabrochaste el sujetador, palpaste mis pechos y mordiste mis pezones. Me arrancaste los pantalones y apartaste a un lado mis braguitas, para poder metérmela poco a poco, para disfrutar cada centímetro de lo que llamamos placer, para dar paso a mis primeras corridas, que por lo visto vinieron a pares. Hinqué mis rodillas en la arena, donde se me hundían, al igual que tú en mi.

Abrí mi boca porque no quería silenciar mis gemidos, y tú apretaste tus labios y cerraste los ojos fuertemente. Murmuraste algo, pero no lo pude entender, aunque no importó, porque lo importante estaba un poco más abajo. Tus manos apretaban mis caderas, y yo me movía, poco a poco, arriba y abajo, en movimientos circulares. Empezaste a subir tus manos por mi espalda, acariciándome, pasando por mis costados hasta llegar, otra vez, a mis pechos. No podías dejar de tocarlos, dibujar círculos en ellos, bordear mis pezones con la punta de tus dedos, excitándome cada vez más.

Te besé, te mordí los labios mientras te incorporabas, me tumbaste y noté la arena metiéndose en mi camiseta, envolviendo mi pelo, y acto seguido, me embestiste, con tanta celeridad que no me dio tiempo a soltar el aire que enmudeció, al mismo tiempo, tu nombre.



-Não deixe que isso o impeça... 
-No te dejaría hacerlo... -me miraste y lo único que pudiste hacer fue sonreírme mientras golpeabas tus caderas contra las mías.



Te agarré con mis piernas la cintura, insinuando que tampoco te dejaría separarte de mi, y cuanto más te apretaba, más te ponía. Me empezaste a morder el cuello, y a embestirme más fuerte, y yo no podía parar de correrme ni de apretarte, con mis dedos, tu musculosa espalda. Paraste, de golpe. Te miré enfadada, pues justo me cortaste a mitad de un orgasmo, y te obligué a seguir con la mano. Metiste primero un dedo, pero adivinaste, por mi cara, que eso no bastaba, así que de repente y sin avisar metiste tres y me estremecí, tanto, que parecías no querer parar. Jugaste con tus dedos, buscándome, apresurándote para hacerme venir de nuevo, una y otra vez...

La tenías tan dura que pensaba que jamás se bajaría, por mucho que siguiéramos follando, o por mucho que yo te la comiera. Empezaste a besarme todo el cuerpo, como pidiendo perdón por haber parado, y yo dejé que siguieras suplicando, pues cada vez ibas bajando más tu boca. Me mordiste los muslos, me lamiste los labios, me sujetaste, con fuerza, las piernas, y empezaste con pequeños mordisquitos, seguidos de un ligero toque con la lengua, advirtiendo que ya llegabas y empezarías a hacer de las tuyas. Intenté mantener mis manos quietas, pero no pude evitar cogerte por la cabeza, como impidiendo tu avance hacia mi. Miraste hacia arriba, y me encontraste medio riendo, un poco por las cosquillas que me hacías sujetándome las piernas y un poco porque sabía que eso te molestaría... Levantaste una ceja, mirándome mientras te acercabas cada vez más, me mordiste los labios interiores, y cogí una bocanada de aire. Estuviste un buen rato lamiéndome, metiéndome tu lengua hasta lo más profundo, y yo apretando cada vez más los dientes. Necesitaba que subieras arriba, que me la metieras o que me dejaras comerte mientras yo misma me tocaba, pero estaba claro que tú no ibas a parar, así que me volví a correr, y fue entonces cuando perdí la cuenta de las veces que me habías hecho venir. Sonreíste y empezaste a subir por mi cuerpo, trepándome, regalándome besos en cada rincón de él. Te abracé, y tú mismo acompañaste con tu mano a tu polla hasta la entrada, pero te paré. Te quedaste extrañado y me preguntaste si te estaba devolviendo el feo que me habías hecho. Por supuesto que me quedé en silencio, mientras observabas como me giraba y ponía mi culo en pompa, justo enfrente de ti. Con una mano me agarraste de la cintura, y con la otra acariciaste mi espalda hasta encontrar mi pelo, que poco a poco ibas recogiendo con tu mano mientras entrabas despacito. Giré mi cabeza hacía ti, y me reí, parecía haberte molestado, porque de repente golpeaste tus caderas contra mi culo, una y otra vez. Parecía que te habías olvidado por completo que estábamos en la playa, por suerte, a oscuras y solos, o al menos eso nos parecía, porqué tanto tú como yo respirábamos tan fuerte que parecía que nos íbamos a ahogar.

-Ahora...
-Agora o quê? Agora o que eu quero...
-No, no... Por favor...
-Shiu! -y mientras me mandabas a callar a mi se me escapaba la risa. Tenías una forma de decir las cosas, tan graciosa, que incluso cuando te enfadabas me parecías dulce.

Pusiste tu brazo encima de mis muslos, y me estiraste hacia ti para que quedara sentada encima de tus piernas, mientras, con la mano libre, subiste hasta mis pechos, y los tocaste mientras me lamías el cuello y movías tu culo lentamente para penetrarme. Subí mis brazos por encima de mi cabeza, y fueron a rodearte el cuello. No quería que pararas, así que me moví a tu son mientras me corría por enésima vez. No podía parar, pero tampoco quería y parecía que tú estabas dispuesto a seguir tanto rato como yo pidiera. Mi espalda empezó a curvarse cada vez más, y tu supiste en ese momento que era hora de terminar lo que habíamos empezado, las piernas me temblaban y no podía parar de gemir, de susurrarte tu nombre, de buscarte la boca...

-Agora ou nunca...

Y fue en ese momento, en que te corriste a la vez que yo.

10 de març de 2014

23 - Aperta, acocha, beija a noite inteira.

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Estaba, como siempre que quería que me miraras, planchando un par de camisas, tuyas y mías, desnuda. Provocativa. Sensual. Me ponía al lado del sofá, haciendo ver que miraba la tele, disimulando que no te veía... Pero ahí estabas, contemplando mi culo, mis deliciosas caderas que tanto te enloquecían, mis pechos tal y cómo te gustaban.

No dudaste en levantarte del sofá y andar a mí alrededor. Te paraste detrás de mí, poniéndome nerviosa, entre otras cosas. Empezaste a respirar justo detrás de mí cuello, en la nuca, y acercaste tus manos lentamente hacia mis curvas. Empezaste a besar mi cuello y a abrazarme fuertemente, sentía tu cuerpo, pegado al mío, así que empecé a mover mis caderas contra tu vientre, restregándote mi culo, poniéndote duro. Subiste una de tus manos a mi pecho derecho, y empezaste a pellizcarme el pezón, pequeño y rosado, dulce y duro, mientras, con la otra mano ibas apretándome más contra ti, para sentirme más hasta que la deslizaste entre mis piernas, acariciándome lentamente mientras seguías jugando con mi cuello: besándolo, lamiéndolo, mordiéndome... Cómo sabías lo que más me gustaba... Empezaste a notar tu mano un poco más húmeda, así que no dudaste en apretarla más fuerte contra mi pubis, buscándome con tus dedos, apretándome tu polla contra mi culo mientras aun seguías tocándome los pechos con una mano y, con la otra, hundiéndose entre mis muslos.

Cada vez iba empapándote más la mano, y tú no dejabas de pedirme al oído que querías mucho más que eso. Rozabas tus dientes en mi nuca. Subiste la mano y dejaste que te oyera chuparte los dedos, para hacerme saber cuál era el siguiente paso. Mientras, con la otra mano, te desabrochabas el pantalón. Yo te ayudaba con mis dos manos libres, para sentir directamente como tu polla se aferraba en mis nalgas, piel con piel, dura y caliente. Tus dedos, mojados con tu saliva, bajaban directamente, abriéndome los labios, deslizándose fácilmente: arriba y abajo. Yo te movía las caderas, frotándome en ti, pidiéndote más. Me diste, bruscamente, la vuelta, para levantarme y ponerme encima la mesa mientras me mirabas de arriba a abajo, diciéndome con la mirada que querías comerme entera, y yo, como siempre, te iba a dejar. No puse resistencia cuando quisiste abrirme las piernas. Te agachase y empezaste a hundir tu cara en mi coño. Tu lengua recorría cada centímetro de él, apretando, hundiéndose entre los labios, recogiendo cada gota de mi... Buscabas insaciablemente mi clítoris, envolviéndolo con tu puntiaguda lengua. Chupándolo, frotándolo con ella. Entonces te apartaste para dejar caer tu saliva y volviste rápido para atraparlo con tu boca y azotarlo con la punta de tu preciada lengua.

La mesa empezó a empaparse, pero no importaba en ese momento, no nos importó. Preferimos devorarnos, mordernos, besarnos, azotarnos... Preferimos recorrernos el cuerpo con caricias y escalofríos, saborear cada centímetro de nuestro cuerpo, lentamente para luego...

No me dejabas las piernas tranquilas, me agarrabas con fuerza y firmeza mis rodillas, pues mis piernas no paraban de moverse, me las sujetabas bien abiertas, para acceder perfectamente a mi y seguir follándome con tu lengua. Solo deseaba que hicieras con tu polla lo mismo que hacías con tu perfecta lengua, con la que me saboreabas insaciablemente. Te suplicaba a gritos afónicos que me la clavaras lo más adentro posible, pues necesitaba callar mis ganas de ti dentro de mi. Pero tú no me hacías caso, seguías lamiéndome, como un caramelo, derritiéndome en tu boca. Dibujabas pequeños círculos para luego aplastarlos, cada vez más fuerte.

-Necesito tu polla en mi boca - dije con un gemido.
-Yo decidiré cuando puedes comerme la polla - Susurraste.
-Es que me tienes loca...

Tus dedos jugaban dentro de mi, se hacían uno, entraban y salían, y volvían a entrar y a salir, resbalando... Y fue entonces, que llegó el primero y para entonces ya no podía parar de venirme en ti. Y eso te encantaba, te enloquecía, tanto como a mi. Decidiste levantarte, ponerte de pie frente a mi, con la polla dura a reventar, pero sin sacar un solo dedo de mi.

No podía estar más caliente como en aquella tarde soleada.

Fuiste un bestia al cogerme por la garganta, pero sabías que era lo qué quería. Me giraste para tener tu polla delante de mi cara. Te la agarraste con la mano que te quedaba libre para pasármela cerca de los labios. Me hiciste abrir la boca y te la lamí, suave, con la punta de mi lengua, recogiendo tu capullo y adentrándolo en mi boca, haciendo que tocara mi paladar. Te miré, y entendiste que debías seguir, con tus dedos, mi ritmo. Tu mano seguía empapada, y te la limpiaste en mis muslos para volver a meterme los dedos. Te agarré bien la polla y me la metí y me la saqué de la boca, aumentando el ritmo, tú seguías empujando, pero me la saqué poco a poco y te miré, y fue en ese momento cuándo más disfrutaste, viéndome por debajo de ti, comiéndote y saboreándote, disfrutándote.

Al sacar tu polla de mi boca, me quedó un hilo de saliva desde mi labio inferior hasta la punta de tu capullo. Sacaste tus dedos y te los chupaste delante de mi, y mientras, me acerqué a tu cintura, te mordí los oblicuos mientras seguía cogiéndote la polla, moviendo mi mano lentamente. Me acerqué, y para hacerte sufrir, solo te chupé la punta, te la besé. Pero tú me lo devolviste, frotando mi clítoris con tus dedos, suave, con pequeños golpecitos.

Atrajiste mi cabeza, otra vez, hacia tu polla, para hacerla volver a entrar en mi boca. Me miraste con maldad. Te engullí. Moví mis caderas, en forma de súplica. Aguantaste mi cabeza, y entonces empezaste a mover las tuyas. Follándome la boquita de fresa que siempre dices que tengo. Me sujetaste la cara contra tu vientre, aguantando tu polla bien dura en mi boca hasta liberarme de ti, para poder coger aire. Pero me la volviste a meter una vez más.

Me vine una segunda vez. Te avisé, y mientras lo hacía, vino la tercera. Sabía que te encantaba saberlo, y es por eso que siempre te lo decía. Fue entonces cuando decidiste entregarme tu polla, dura, con las venas marcadas, como a mi me gustan. Me diste la vuelta, apoyándome en la mesa, bocabajo. Estiré mis brazos hasta el borde de la mesa, sabía lo que iba a continuación, pero necesitaba sentirme firme.

Azotaste mi culo con tu polla, como advirtiéndome que ibas a venir. La noté deslizarse entre mis piernas, buscando mi entrada, restregándose, moviéndose. Volví a suplicarte que me la metieras, que no me jugaras. Pero cuánto más pido menos caso me haces y más me jugabas, esperabas verme más caliente, y yo no dejaba de pedirte que me la metieras.

Sin previo aviso, me la metiste hasta el fondo, de golpe, de repente. Te inclinaste hacia mi y me susurraste al oído que era entonces cuando ibas a follarme.

La sacaste casi del todo, y me vine por cuarta vez. Volviste a entrar sin soltar mi pelo ondulado, moviendo tu cintura, haciendo que de ese modo entrara más, más... y más. Empapé nuestras piernas, pero tu polla no desistía, seguía entrando y saliendo, una y otra vez, notándome correr, y sintiendo como te apretaba con mi vagina, como si no quisiera soltarte.

-No me la saques - te pedí, pero tú hiciste lo contrario - No. No. ¡No!
-Sí.
-Métemela cabrón... - Pasaste tu mano, empapándose en mi.
-Lo soy

Aun así, yo disfrutaba con tu mano, acariciándome. Antes de poder empezar a hablar, ya me la estabas metiendo, callándome. Agarraste mis caderas, como si fuera a escaparme. Y empezaste más fuerte aun, y más rápido.

-No me sueltes. - Te dije mientras te miraba.
-No pienso hacerlo. - Sonreíste, como todas las veces que tienes intención de hacer alguna cosa que no te conviene, y me azotaste, el culo, con tu mano derecha. Me encantaba y hacía que me viniera con más ganas.

Me llenabas una vez tras otra, clavando tus dedos en mi culo, agarrándome, follándome con todas tus ganas.

-Quiero que te vuelvas a correr...
-Sigue y te daré la quinta.

Me volviste a girar, para ver mi cara, dijiste. Me agarraste las piernas y las subiste a tus hombros, echándote sobre mi, para entrarla más adentro aun. Te acercaste a mis pechos, y me los comiste mientras seguías con tus caderas, golpeándome con fuerza y rabia. No dejabas de entrar y salir, haciendo que los dos disfrutáramos al máximo. Sujetaste mi cabeza y me comiste la boca, mordiéndome el labio. Era la séptima vez que me corría.

Buscabas mi lengua, mezclando nuestras salivas, sin importar nada más.

-Dame otro... Necesito otro... Córrete para mi.
-Te doy mi octavo, pero no pares. - Suspiré, mezclando mis palabras con gemidos, pequeños gritos que callabas con tus besos.

Me embestías descontrolado, aplastándome. Pero te arrodillaste ante mi otra vez mientras cerraba los ojos. Volviste para comerme, te volvía loco ver y notar lo mojada que estaba. Abriste mi coño con tus dos manos, y me lamiste, me comiste, sentía tus labios y tus dientes, mordisqueándome, mientras respirabas fuerte, excitado. Me corrí de nuevo, en tu boca, y me agarraste más fuerte, me levantaste. Rodeé mis brazos a tu cuello, para no caer, y me suspendiste en el aire hasta sentarte conmigo encima tuyo, dejándome caer en ti. Me agarrabas el culo, con las dos manos, y me movías: arriba... y abajo... El noveno venía acompañado del décimo.

Me comías mientras yo te montaba, me mordías mientras seguías apretándome el culo. Enloquecía junto a ti.

-Quiero correrme... Llenarte... Pero estaría toda la noche comiéndotelo y follándote... - Me azotaste, como pidiendo que fuera más rápido. Pero me giré, y me incliné encima de tus piernas, cogiéndote los tobillos. Subiendo y bajando mi culo mientras tú lo mirabas, atento a cada movimiento, intentando mordérmelo.
-¿Cuántos más quieres?
-Todos.

No podía evitarlo, pero algunos venían a pares... Y del décimo aparecieron el onceavo, doceavo... Decimocuarto... Me cogiste, abrazándome y sintiéndome, pero me llevaste contra la pared, no podías contenerte, y tuve que poner mis manos contra ella para aguantar tus embestidas. Con una de tus manos sujetaste mis dos muñecas y con la otra me agarraste de los pechos. Giré mi cabeza para mirarte, y callaste, de nuevo, mis gritos con tu boca. No podías parar de comerme, y parecía que cada vez tuvieras la polla más y más dura. No pude evitar el decimosexto. Tú cada vez te volvías más salvaje. Querías uno detrás de otro y sabías que yo iba a dártelos, todos los que quisieras y más.

Me empotraste. Pusiste mi espalda contra la pared fría, y me cogiste las piernas de tal forma que me levantaste del suelo. Me excitaba aún más, si es que podía.

-Voy a venirme... 
-Pues vente con mi decimonoveno... O con mi vigésimo... - Vino tu corrida, pero con ella llegó mi vigésimo tercero, que no terminaba nunca, y aunque ya te habías venido, seguías embistiéndome, para poder seguir satisfaciéndome