10 de març de 2014

23 - Aperta, acocha, beija a noite inteira.

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Estaba, como siempre que quería que me miraras, planchando un par de camisas, tuyas y mías, desnuda. Provocativa. Sensual. Me ponía al lado del sofá, haciendo ver que miraba la tele, disimulando que no te veía... Pero ahí estabas, contemplando mi culo, mis deliciosas caderas que tanto te enloquecían, mis pechos tal y cómo te gustaban.

No dudaste en levantarte del sofá y andar a mí alrededor. Te paraste detrás de mí, poniéndome nerviosa, entre otras cosas. Empezaste a respirar justo detrás de mí cuello, en la nuca, y acercaste tus manos lentamente hacia mis curvas. Empezaste a besar mi cuello y a abrazarme fuertemente, sentía tu cuerpo, pegado al mío, así que empecé a mover mis caderas contra tu vientre, restregándote mi culo, poniéndote duro. Subiste una de tus manos a mi pecho derecho, y empezaste a pellizcarme el pezón, pequeño y rosado, dulce y duro, mientras, con la otra mano ibas apretándome más contra ti, para sentirme más hasta que la deslizaste entre mis piernas, acariciándome lentamente mientras seguías jugando con mi cuello: besándolo, lamiéndolo, mordiéndome... Cómo sabías lo que más me gustaba... Empezaste a notar tu mano un poco más húmeda, así que no dudaste en apretarla más fuerte contra mi pubis, buscándome con tus dedos, apretándome tu polla contra mi culo mientras aun seguías tocándome los pechos con una mano y, con la otra, hundiéndose entre mis muslos.

Cada vez iba empapándote más la mano, y tú no dejabas de pedirme al oído que querías mucho más que eso. Rozabas tus dientes en mi nuca. Subiste la mano y dejaste que te oyera chuparte los dedos, para hacerme saber cuál era el siguiente paso. Mientras, con la otra mano, te desabrochabas el pantalón. Yo te ayudaba con mis dos manos libres, para sentir directamente como tu polla se aferraba en mis nalgas, piel con piel, dura y caliente. Tus dedos, mojados con tu saliva, bajaban directamente, abriéndome los labios, deslizándose fácilmente: arriba y abajo. Yo te movía las caderas, frotándome en ti, pidiéndote más. Me diste, bruscamente, la vuelta, para levantarme y ponerme encima la mesa mientras me mirabas de arriba a abajo, diciéndome con la mirada que querías comerme entera, y yo, como siempre, te iba a dejar. No puse resistencia cuando quisiste abrirme las piernas. Te agachase y empezaste a hundir tu cara en mi coño. Tu lengua recorría cada centímetro de él, apretando, hundiéndose entre los labios, recogiendo cada gota de mi... Buscabas insaciablemente mi clítoris, envolviéndolo con tu puntiaguda lengua. Chupándolo, frotándolo con ella. Entonces te apartaste para dejar caer tu saliva y volviste rápido para atraparlo con tu boca y azotarlo con la punta de tu preciada lengua.

La mesa empezó a empaparse, pero no importaba en ese momento, no nos importó. Preferimos devorarnos, mordernos, besarnos, azotarnos... Preferimos recorrernos el cuerpo con caricias y escalofríos, saborear cada centímetro de nuestro cuerpo, lentamente para luego...

No me dejabas las piernas tranquilas, me agarrabas con fuerza y firmeza mis rodillas, pues mis piernas no paraban de moverse, me las sujetabas bien abiertas, para acceder perfectamente a mi y seguir follándome con tu lengua. Solo deseaba que hicieras con tu polla lo mismo que hacías con tu perfecta lengua, con la que me saboreabas insaciablemente. Te suplicaba a gritos afónicos que me la clavaras lo más adentro posible, pues necesitaba callar mis ganas de ti dentro de mi. Pero tú no me hacías caso, seguías lamiéndome, como un caramelo, derritiéndome en tu boca. Dibujabas pequeños círculos para luego aplastarlos, cada vez más fuerte.

-Necesito tu polla en mi boca - dije con un gemido.
-Yo decidiré cuando puedes comerme la polla - Susurraste.
-Es que me tienes loca...

Tus dedos jugaban dentro de mi, se hacían uno, entraban y salían, y volvían a entrar y a salir, resbalando... Y fue entonces, que llegó el primero y para entonces ya no podía parar de venirme en ti. Y eso te encantaba, te enloquecía, tanto como a mi. Decidiste levantarte, ponerte de pie frente a mi, con la polla dura a reventar, pero sin sacar un solo dedo de mi.

No podía estar más caliente como en aquella tarde soleada.

Fuiste un bestia al cogerme por la garganta, pero sabías que era lo qué quería. Me giraste para tener tu polla delante de mi cara. Te la agarraste con la mano que te quedaba libre para pasármela cerca de los labios. Me hiciste abrir la boca y te la lamí, suave, con la punta de mi lengua, recogiendo tu capullo y adentrándolo en mi boca, haciendo que tocara mi paladar. Te miré, y entendiste que debías seguir, con tus dedos, mi ritmo. Tu mano seguía empapada, y te la limpiaste en mis muslos para volver a meterme los dedos. Te agarré bien la polla y me la metí y me la saqué de la boca, aumentando el ritmo, tú seguías empujando, pero me la saqué poco a poco y te miré, y fue en ese momento cuándo más disfrutaste, viéndome por debajo de ti, comiéndote y saboreándote, disfrutándote.

Al sacar tu polla de mi boca, me quedó un hilo de saliva desde mi labio inferior hasta la punta de tu capullo. Sacaste tus dedos y te los chupaste delante de mi, y mientras, me acerqué a tu cintura, te mordí los oblicuos mientras seguía cogiéndote la polla, moviendo mi mano lentamente. Me acerqué, y para hacerte sufrir, solo te chupé la punta, te la besé. Pero tú me lo devolviste, frotando mi clítoris con tus dedos, suave, con pequeños golpecitos.

Atrajiste mi cabeza, otra vez, hacia tu polla, para hacerla volver a entrar en mi boca. Me miraste con maldad. Te engullí. Moví mis caderas, en forma de súplica. Aguantaste mi cabeza, y entonces empezaste a mover las tuyas. Follándome la boquita de fresa que siempre dices que tengo. Me sujetaste la cara contra tu vientre, aguantando tu polla bien dura en mi boca hasta liberarme de ti, para poder coger aire. Pero me la volviste a meter una vez más.

Me vine una segunda vez. Te avisé, y mientras lo hacía, vino la tercera. Sabía que te encantaba saberlo, y es por eso que siempre te lo decía. Fue entonces cuando decidiste entregarme tu polla, dura, con las venas marcadas, como a mi me gustan. Me diste la vuelta, apoyándome en la mesa, bocabajo. Estiré mis brazos hasta el borde de la mesa, sabía lo que iba a continuación, pero necesitaba sentirme firme.

Azotaste mi culo con tu polla, como advirtiéndome que ibas a venir. La noté deslizarse entre mis piernas, buscando mi entrada, restregándose, moviéndose. Volví a suplicarte que me la metieras, que no me jugaras. Pero cuánto más pido menos caso me haces y más me jugabas, esperabas verme más caliente, y yo no dejaba de pedirte que me la metieras.

Sin previo aviso, me la metiste hasta el fondo, de golpe, de repente. Te inclinaste hacia mi y me susurraste al oído que era entonces cuando ibas a follarme.

La sacaste casi del todo, y me vine por cuarta vez. Volviste a entrar sin soltar mi pelo ondulado, moviendo tu cintura, haciendo que de ese modo entrara más, más... y más. Empapé nuestras piernas, pero tu polla no desistía, seguía entrando y saliendo, una y otra vez, notándome correr, y sintiendo como te apretaba con mi vagina, como si no quisiera soltarte.

-No me la saques - te pedí, pero tú hiciste lo contrario - No. No. ¡No!
-Sí.
-Métemela cabrón... - Pasaste tu mano, empapándose en mi.
-Lo soy

Aun así, yo disfrutaba con tu mano, acariciándome. Antes de poder empezar a hablar, ya me la estabas metiendo, callándome. Agarraste mis caderas, como si fuera a escaparme. Y empezaste más fuerte aun, y más rápido.

-No me sueltes. - Te dije mientras te miraba.
-No pienso hacerlo. - Sonreíste, como todas las veces que tienes intención de hacer alguna cosa que no te conviene, y me azotaste, el culo, con tu mano derecha. Me encantaba y hacía que me viniera con más ganas.

Me llenabas una vez tras otra, clavando tus dedos en mi culo, agarrándome, follándome con todas tus ganas.

-Quiero que te vuelvas a correr...
-Sigue y te daré la quinta.

Me volviste a girar, para ver mi cara, dijiste. Me agarraste las piernas y las subiste a tus hombros, echándote sobre mi, para entrarla más adentro aun. Te acercaste a mis pechos, y me los comiste mientras seguías con tus caderas, golpeándome con fuerza y rabia. No dejabas de entrar y salir, haciendo que los dos disfrutáramos al máximo. Sujetaste mi cabeza y me comiste la boca, mordiéndome el labio. Era la séptima vez que me corría.

Buscabas mi lengua, mezclando nuestras salivas, sin importar nada más.

-Dame otro... Necesito otro... Córrete para mi.
-Te doy mi octavo, pero no pares. - Suspiré, mezclando mis palabras con gemidos, pequeños gritos que callabas con tus besos.

Me embestías descontrolado, aplastándome. Pero te arrodillaste ante mi otra vez mientras cerraba los ojos. Volviste para comerme, te volvía loco ver y notar lo mojada que estaba. Abriste mi coño con tus dos manos, y me lamiste, me comiste, sentía tus labios y tus dientes, mordisqueándome, mientras respirabas fuerte, excitado. Me corrí de nuevo, en tu boca, y me agarraste más fuerte, me levantaste. Rodeé mis brazos a tu cuello, para no caer, y me suspendiste en el aire hasta sentarte conmigo encima tuyo, dejándome caer en ti. Me agarrabas el culo, con las dos manos, y me movías: arriba... y abajo... El noveno venía acompañado del décimo.

Me comías mientras yo te montaba, me mordías mientras seguías apretándome el culo. Enloquecía junto a ti.

-Quiero correrme... Llenarte... Pero estaría toda la noche comiéndotelo y follándote... - Me azotaste, como pidiendo que fuera más rápido. Pero me giré, y me incliné encima de tus piernas, cogiéndote los tobillos. Subiendo y bajando mi culo mientras tú lo mirabas, atento a cada movimiento, intentando mordérmelo.
-¿Cuántos más quieres?
-Todos.

No podía evitarlo, pero algunos venían a pares... Y del décimo aparecieron el onceavo, doceavo... Decimocuarto... Me cogiste, abrazándome y sintiéndome, pero me llevaste contra la pared, no podías contenerte, y tuve que poner mis manos contra ella para aguantar tus embestidas. Con una de tus manos sujetaste mis dos muñecas y con la otra me agarraste de los pechos. Giré mi cabeza para mirarte, y callaste, de nuevo, mis gritos con tu boca. No podías parar de comerme, y parecía que cada vez tuvieras la polla más y más dura. No pude evitar el decimosexto. Tú cada vez te volvías más salvaje. Querías uno detrás de otro y sabías que yo iba a dártelos, todos los que quisieras y más.

Me empotraste. Pusiste mi espalda contra la pared fría, y me cogiste las piernas de tal forma que me levantaste del suelo. Me excitaba aún más, si es que podía.

-Voy a venirme... 
-Pues vente con mi decimonoveno... O con mi vigésimo... - Vino tu corrida, pero con ella llegó mi vigésimo tercero, que no terminaba nunca, y aunque ya te habías venido, seguías embistiéndome, para poder seguir satisfaciéndome